disPerSión
Revista
electrónica del Instituto Psicología y Desarrollo
Año
II, Número 4, Abril de 2005. ISSN 1811-847X
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RESUMEN: Para algunos este tema de marxismo versus conductismo puede parecer "trasnochado", o "superado" por la marcha de los acontecimientos mundiales, que es de todos conocida. Para mí está simplemente "adormecido". Subyace soterradamente, sobre todo en el espíritu de cierta juventud universitaria radical (encuentro siempre un porcentaje de ella en mis cursos de análisis conductual aplicado), y en las no pocas alusiones implícitas o explícitas que profesionales de diversa índole hacen al asunto. Yo mismo me ocupe otrora de eso en publicaciones estudiantiles, pero, de hecho, no lo traería de nuevo a mi interés momentáneo de no haber leído al colega Calviño (2003) en una de las páginas de psicología-online, tratando sobre algo que a él, como buen psicólogo cubano y marxista, le subleva: Skinner, erigido a través de una conocida encuesta de la APA como el psicólogo más importante del siglo XX. Y además, ni Wallon ni Merani (conspicuos representantes de la "psicología dialéctica"), entre otros "favoritos", fueron nominados en la extensa mención.
PALABRAS CLAVE: Psicología teórica, epistemología, teoría de la conducta.
Para algunos
este tema de marxismo versus conductismo puede parecer “trasnochado”, o
“superado” por la marcha de los acontecimientos mundiales, que es de todos
conocida. Para mí está simplemente “adormecido”. Subyace soterradamente, sobre
todo en el espíritu de cierta juventud universitaria radical (encuentro siempre
un porcentaje de ella en mis cursos de análisis conductual aplicado), y
en las no pocas alusiones implícitas o explícitas que profesionales de diversa
índole hacen al asunto. Yo mismo me ocupe otrora de eso en publicaciones
estudiantiles, pero, de hecho, no lo traería de nuevo a mi interés momentáneo
de no haber leído al colega Calviño (2003) en una de las páginas de psicología-online,
tratando sobre algo que a él, como buen psicólogo cubano y marxista, le
subleva: Skinner, erigido a través de una conocida encuesta de la APA como el
psicólogo más importante del siglo XX. Y además, ni Wallon ni Merani
(conspicuos representantes de la “psicología dialéctica”), entre otros
“favoritos”, fueron nominados en la extensa mención.
Dejando aparte
dicha lista, con la cual tampoco concuerdo en líneas generales, quiero
concentrarme en una frase del Dr. Calviño que
me evoca el recuerdo de viejas épocas de obtusa polémica emprendida por
psicólogos marxistas contra el conductismo. Pues bien, siguiendo su tradición,
el colega refiere en su ácido discurso a los estudiantes que gracias a
Skinner la psicología del continente se llenó de ratas y palomas. A esta
mención reciente de antiguas formas de pensar puedo añadirle algunas otras
(Merani, 1968, Chomsky, 1984; Segarte, 1986; Torre, 1988 y González Rey, 1997),
que coinciden en sostener maniqueos argumentos políticos y académicos como los
siguientes sobre el conductismo radical:
a) Ignora la
consciencia, la personalidad, el Yo y los sentimientos. No da lugar a la libertad, a la voluntad ni a la
intencionalidad.
b) Rechaza o no
puede explicar los procesos cognoscitivos, la intuición, la información y el
proceso creativo.
c) Es
mecanicista: concibe lo psicológico como un conjunto de respuestas ante
estímulos, viendo al sujeto como receptor pasivo. Desdeña la dotación innata y
el sistema nervioso.
d) Trabaja con
animales, asimilando su comportamiento al humano. Sus aplicaciones son
envilecedoras y hasta brutales.
e)
Es
una ideología estadounidense importada, al servicio del poder, que concibe la
psicología como ciencia natural, no preocupada por los fenómenos sociales.
No es mi propósito aquí
responder puntualmente cada uno de los grupos de críticas —que, salvo el item
[e], son las usuales entre “humanistas”, “constructivistas”,
“psicodinámicos” y, en general, “postmodernos”)—, generalmente producto del
prejuicio y de la desinformación sobre el quehacer científico. Sólo las
menciono para ejemplificar el fuerte antagonismo dogmático que muchos colegas
marxistas sienten contra el conductismo, lo que suele invalidar cualquier
intento de comunicación racional con ellos. Pese a esto, como reacción a los
ataques y en el afán de esclarecer las cosas, algunos psicólogos conductistas
abordaron el tema de las relaciones entre marxismo y conductismo, a veces de
manera frontal (Holland, 1973; Ardila, 1980; Ribes, 1985, Freixa i Baqué,
1985), y a veces tangencialmente (Ribes, 1976; Mercado, 1978; Dorna y Mendez,
1979). Más recientemente, Ulman (1991) hizo lo propio al identificar puntos de cercanía
entre el segundo Skinner
(“seleccionista” por oposición al “mecanicista”) y Marx; lo que, por
supuesto, de nada sirvió.
No busco tampoco revisar tales
debates tal como fueron planteados entonces, sino actualizar el tema a la luz
del desarrollo reciente de la teoría de la conducta, en confrontación directa con lo que dicen los clásicos del
marxismo.
¿Qué entiendo aquí por
teoría de la conducta? Al respecto debo decir que yerran, en mi opinión,
quienes identifican al “conductismo” exclusivamente con cualquiera de los
modelos metodológicos que hayan surgido a su sombra, porque no cabe un análisis
separado de ellos sino para recalcar sus niveles de alternatividad,
complementariedad y/o insuficiencia en relación a los modelos conductuales más
avanzados. Así como “la anatomía del hombre es la clave para entender la
anatomía del mono” (lo que significa que las etapas superiores del desarrollo
de una formulación dan la pauta para comprender sus estadios inferiores),
también la evolución actual del conductismo es la clave para entender
las primeras labores de esclarecimiento científico que vienen desde Watson y
Mead, pasando por los neobehaviorismos de diverso cuño (Hull, Tolman, Skinner),
hasta los hoy vigentes (Ribes, Hayes, Staats, etc.). En definitiva, eso implica
sustituir la mecánica tendencia a juzgar cada modelo separadamente —tal como se
configuró en condiciones distintas—, por una concepción dialéctica del
desarrollo histórico del paradigma conductual desde etapas difusas (primeras
generaciones) hasta las maduras. En otras palabras, un proceso no acabado en el
intento de constituir una psicología del comportamiento (Montgomery, 2000).
Sería imposible mencionar las numerosas obras relevantes a los lineamientos
conductistas actuales, pero dispongo de tres vertientes que suponen una evolución
a partir de las tesis primigenias (no en el sentido de “rectificación” sino de
avance): el interconductismo (Ribes y López, 1985), el contextualismo
(Gifford & Hayes, 1999) y el conductismo psicológico (Staats,
2004). Un vistazo rápido permite percatarse de algunos avances logrados en su
conceptualización de los fenómenos psicológicos:
a)
Se
ha pasado del énfasis en las relaciones causales, a la consideración de un
abanico amplio de variables contextuales y relaciones estocásticas.
b)
Se
ha incorporado a la descripción de la conducta en términos de simple
crecimiento cuantitativo, también la descripción cualitativa con niveles
evolutivos y jerárquicos de desarrollo.
c)
Se
ha pasado de la concepción de procesos lineales en las contingencias, a la
concepción de interdependencias funcionales entre las variables que las
componen.
La filosofía que ampara tales cambios puede
decirse que ancla en una forma de postpositivismo, que Staats (1989)
llama “positivismo unificado”. En resumen, según sus proposiciones:
a) La observación
de los fenómenos está en interacción continua con la teoría que los sustenta,
de modo que no hay observación “pura”.
b) La
construcción teórica es progresiva, con multinivel y multimétodo, sin
reduccionismos axiomáticos.
c) Las
condiciones sociales influyen en el desarrollo de la ciencia.
Dicho esto, paso a discutir tres cuestiones relativas al tema que me parece que se prestan a encontrar gran similitud entre el pensamiento marxista y el conductista, por encima de sus diferentes focos de atención: 1) el uso de la dialéctica como herramienta conceptual, 2) la delimitación del objeto de estudio de la psicología, y 3) el papel del lenguaje y del trabajo en la estructuración y cambio del entorno social.
La lógica de
Marx no es tan explícita, por ello muchas veces hay que advertir sus principios
entre líneas. Eso remite el problema de si su interpretación ha de ser: a)
formalista, o b) a manera de canon: un método estructuralista cuya función
es crítica y heurística. Tras el fracaso de las fórmulas simples y rotundas que
caracterizaron la alternativa formal en la versión “oficial “ del socialismo,
parece evidente la pertinencia de la segunda opción. Sin embargo la tarea no es
fácil, porque los clásicos no carecieron de irresoluciones. Como señala el
sociólogo Gurvitch, en los textos marxistas es poco clara la diferencia entre
dialéctica y explicación, al punto que ambas se funden en una sola filosofía
“escatológica”, perdiendo credibilidad. Las simplificaciones debidas al uso
indiscriminado de la dialéctica —entre las cuales se halla el ejemplo del
“grano de cebada que germina”, según lo nota Manuel Sacristán—, ilustran el
abuso del lenguaje de tipo cosmológico (enunciativo de verdades supraempíricas),
aplicado a condiciones que pertenecen más bien a un nivel reductivo de la
ciencia positiva. Dicho abuso crea metáforas y falsas antinomias en la órbita
gnoseológica de cualquier disciplina. Una consecuencia de esto en psicología es
la inadecuada oposición que hacen los colegas marxistas entre “esencia” y
“fenómeno” como símil para conceptuar el objeto de estudio (psiquismo como esencia y
conducta como fenómeno).
El “fetichismo
de la antinomia” resulta exagerado en tal formulación, al reducir todos los
procesos y procedimientos a la polarización entre los contrarios. De esto
proviene el uso consagrado por el diamat al confundir “oposición real”
(a nivel físico) con “oposición dialéctica”
(a nivel conceptual). En una obra juvenil, Marx (1841/1987, p. 400)
describe la primera en términos que no dejan lugar a dudas sobre sus
características: entre dos extremos reales no hay mediación posible, no se
postulan entre sí ni se complementan el uno al otro. La diferencia entre ellos
es de existencia (por ejemplo “polo” y “no polo”: [A] y [B]), donde cada uno
presupone al contradictorio y es indesligable de él ([A] también puede expresarse, en este sentido,
como “No-No-A”). Ribes (1985), comentando al filósofo marxista Coletti, juzga
desde esta perspectiva que:
... en la oposición real, los antagonismos, la anulación, la repulsión recíproca, se dan sin contradicción... Ni en Engels, ni en Plejanov, ni en Lucaks, ni en Mao, se ha hecho la distinción... Por ello, se descubre como oposiciones dialécticas lo que en realidad constituyen oposiciones reales: la acción y reacción mecánicas, la diferencial e integral matemáticas, la carga eléctrica positiva y negativa, etc. (pp. 272-273)
Por encima de esas dificultades, puntualizadas para
mostrar cómo no se debe manejar la dialéctica, una lectura de Marx es
aconsejable sin mediaciones, al estilo althusseriano, para descubrir in situ
los elementos que integran su canon. Tres textos son, en especial, valiosos: el
prólogo a la primera y el postfacio a la segunda ediciones de El Capital,
y El Método de la Economía Política. En ellos se señala la necesidad de
partir de unidades analíticas moleculares para el estudio de los procesos (que
Lenin, 1915/1974; también relieva en su escrito Sobre la Dialéctica):
... la forma mercancía del producto del trabajo o la forma valor de la mercancía son formas económicas celulares... Se trata... de minucias, pero de minucias como las que son objeto de la anatomía microscópica. (Marx, 1867/1970b, p. 70)
Esto se completa explicando las partes a la luz de la
totalidad estructural que las define mediante reflexiones conexas que elaboren
conceptualmente lo concreto abstrayendo su contenido en el concebir (“la
anatomía del hombre es la clave de la del mono: Marx, 1867/1970c, p. 94). Son estas
mismas reflexiones las que, a decir de Engels (1876/1989), a partir de la
acción recíproca o interacción general, permiten separar los fenómenos
considerándolos aisladamente, descubriendo así las relaciones de causa-efecto.
¿Qué tiene que
ver esto con el conductismo? Creo que el nexo es claro, porque ilustra las
ventajas de una concepción materialista científica frente a los enfoques
idealistas. El plano de que parten aquellos—centrado en la formalización de operaciones
mentales más que en los esquemas de acción que supuestamente los
originan—, hace imposible convertir lo sintético en analítico de buenas a
primeras (Piaget, por ejemplo, niega que hayan unidades de análisis en
psicología). Se limitan, así, a enunciar generalidades poco prácticas, por más
que, como en el caso del inefable Edgar
Morin, su retórica contenga muchas alusiones a la “complejidad”.
Por el
contrario, la teoría de la conducta sí puede partir de las “células” que
reclamaba Marx: los eventos discretos (funciones estímulo-respuesta) son al
comportamiento lo que la mercancía es para la Economía Política, y esa
discretización no agota el continuo, pues así como Marx tomaba la mercancía en
referencia a un circuito de intercambio dentro del sistema económico
(complejizándolo a través del desarrollo de sus contradicciones), el
conductismo asigna un papel a las funciones E-R dentro del concepto de “campo”
o sistema de interdependencias entre las variables contingenciales que
conforman un episodio de comportamiento.
Se distinguen ciertas pautas dialécticas
de análisis que no están ausentes en el andamiaje técnico de la teoría
conductual: en primer lugar “captar con todo detalle el material, analizar sus
diversos formas de desarrollo... y descubrir la ligazón interna de éstas”
(Marx, 1867/1970b, p. 79), y en segundo lugar distinguir una “acción recíproca”
donde “la suma total del movimiento en todas sus formas cambiantes sigue siendo
el mismo” (Engels, 1876/1989). Respecto a lo dicho, el campo interactivo
(organismo-ambiente físico, biológico y social) se concibe conductualmente
gracias a un análisis de proceso que requiere el seguimiento de las
transiciones operadas en su ocurrir, por lo que incorpora los eventos discretos
como actividad que modifica el aspecto histórico del campo, modificándolo
o confirmándolo en diversos momentos de su dinámica. A su vez, hay
configuraciones particulares que establecen etapas jerárquicas de aptitud individual progresivamente superior. En
semejantes contingencia históricas y situacionales cambiantes, el análisis
molar contextúa al molecular (Ribes y López, 1985; Gifford & Hayes, 1999;
Staats, 1996/1997).
La
delimitación del objeto de estudio psicológico que hacen los marxistas (la
actividad) parece ser completamente diferente a la de los conductistas (la
conducta), pero en realidad hay una relación de inclusividad. La conducta
implica siempre la actividad total del organismo en interacción con un
entorno: se “piensa”, se “actúa” y se “habla” sobre algo, no en el
vacío. La actividad es uno de los factores (el sujeto) que intervienen en el
episodio, y no puede ser responsable del evento integral. El cuadro teórico de
principio que traza Leontiev (1972/1978) pinta la actividad como un
complejo de transformaciones mutuas entre sujeto y objeto, pero en lugar de
considerar como clave justamente dichas
transformaciones —lo que sería una auténtica concepción interactiva—, su
análisis se polariza en el sujeto adoptando, en la practica, una posición
organocentrista y dualista.
Desde esta
perspectiva no queda otra cosa que postular una actividad “interna” (el reflejo
psíquico) y otra “externa” (el comportamiento) interrelacionadas. En un enlace
como éste se requiere un lugar espacial de tipo “psicofisiológico” (similar a
la glándula pituitaria de Descartes) para sustantivar el modo en que “lo
material se convierte en espiritual”: el sistema nervioso central.
Así, se termina cayendo en una
reducción biologicista, ubicando lo psicológico como un sistema de relaciones
que solamente incluye los eventos externos en la medida que lo afectan
estructural y funcionalmente. Sin embargo, a pesar del intento por internar el locus
mental en el cerebro, los datos que ofrece Luria (1974) lo presentan más como
estructura facilitadora de actividad que como productor de la misma, pues de
las tres fuentes de activación cerebral que menciona, sólo una, la “economía
interna”, es inherente a su organización biológica. Las demás se dan en niveles
de campo psicológico sensorial y lingüístico.
En cambio, para una auténtica concepción
interactiva (y, por tanto dialéctica) de la conducta, pierde significado la
división entre los componentes que participan en un episodio, por lo que las
dicotomías “interno-externo” , “acción-cognición”, “conducta-psiquismo”, etc.; son inútiles. Se trata de relaciones
concretas que son contraídas en un mundo real, como señalaban Marx y Engels
(1848/1965):
Las premisas de que partimos... son... premisas reales, de las que sólo es posible abstraerse en la imaginación. Son los individuos reales, su acción, sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con las que se ha encontrado como las engendradas por su propia acción. Estas premisas pueden comprobarse, consiguientemente, por la vía puramente empírica. (p. 19)
Es claro que
la conducta, definida como interacción entre el individuo y su entorno
físico, biológico y social, no requiere de una mediación “mental” para
constituirse en conocimiento, puesto que tal mediación tendría que ser
extrainteractiva, y, epistémicamente, egocéntrica: el sujeto centrado en sí
mismo y en su acción. Asimismo, todo ejercicio conductual es simultáneamente
cognoscitivo, pues según decía Marx en sus tesis sobre Feuerbach, no hay
conocimiento real, sensible o racional aislado de la práctica social o
individual del sujeto (véase Ulman, 1991).
No es de extrañar —Dice Ribes (1982, pp. 30-31) refiriéndose al mentalismo— que al soslayar la praxis como proceso de conocimiento, se redujera al sujeto cognoscente a un sujeto contemplativo e interpretador de la realidad, con un conocimiento internalizado como mundo de representaciones, cuyas descripciones verbales se constituían en la validación racional de la existencia de las palabras y conceptos como cosas. Su reificación configuró la mente.
Referente a
esto, el proceso sistémico de “excentración” o de “descentramiento” con
respecto a la imbricación sujeto-objeto es un elemento básico en la historia de
cada ciencia. Pero tal proceso no parece consistir, como sugerirían Merani y
otros psicólogos “marxistas”, en cambiar al sujeto egocéntrico por el sujeto
epistémico (coordinador de sus propias acciones consigo mismo y con los
demás). Este asunto ha llevado a un interesante cuestionamiento por parte de
Althusser hacia Lucien Seve. Juzga el primero de ellos que la filosofía burguesa
se ha apoderado de la noción jurídico-ideológica de sujeto, para categorizarla
primariamente y para plantear la cuestión del sujeto cognoscente (el ego
cogito, el sujeto trascendental kantiano o husserliano), de la moral y de
la historia. En tal sentido:
Este problema... en su posición y en su forma no tiene ningún sentido para el materialismo dialéctico. Este lo rechaza, pura y simplemente, como rechaza (por ejemplo) la existencia de Dios... para ser materialista dialéctica, la filosofía marxista debe romper con la categoría de Sujeto como Origen, Esencia y Causa, responsable en su interioridad de todas las determinaciones de “el Objeto” exterior... y no puede contentarse, para salir del paso, con una categoría como la de “excentración de la Esencia” (L. Seve), porque se trata de un compromiso ilusorio que, bajo la falsa “audacia” de una palabra perfectamente conformada en su raíz (excentración) salvaguarda el vínculo umbilical entre la Esencia y el Centro, y permanece por lo tanto prisionero de la filosofía idealista: como no existe Centro, toda excentración es superflua o mendaz. (Althusser, 1974, pp. 77-78)
El sujeto epistémico no puede ser, pues,
“centro” de nada, so pena de caer, como efectivamente caen los psicólogos
marxistas o dialécticos, en el idealismo. A pesar de que la psicología
soviética en sus últimos años se acercó a una concepción sistémica, sus
limitaciones derivadas del rechazo al pensamiento proveniente de países
geopolíticamente competidores le restó potencial empírico. Esto queda ilustrado
por la directiva irreprochable de Lomov (1981): “El enfoque estrictamente
científico no sólo requiere que se esclarezca la ley objetiva, sino también se
esboce su esfera de acción, como asimismo las condiciones en que sólo ella
pueda actuar” (p. 134), que va seguida después por una confesión:
“Lamentablemente, no disponemos todavía de procedimientos y medios bastante
estrictos para describir la situación (experimental o de la vida) como un
sistema” (p. 138). Pero si los soviéticos, liberados de su prejuicio
geopolítico, se hubieran fijado en los diagramas conductuales de Findley
(1962), hubieran visto que la posibilidad de esa praxis ya existía mucho
antes, elaborada ¡como no! desde la perspectiva conductista. Hoy existen
incluso procedimientos tecnológicamente más avanzados gracias a los modelos de
ecuaciones estructurales y variables latentes (Corral y Obregón, 1998).
En suma,
deduciendo a partir de los asertos marxistas provenientes de las fuentes
primigenias, “conocer” es “hacer”, es comportarse en relación con un contexto
determinado y refinar esa relación en base a sucesivos contactos que la
modifican. Términos como los de “pensamiento”, “percepción”, “memoria”, etc.,
son reificaciones mentalistas de comportamientos suyo nivel cualitativo de complejidad
es mayor gracias a la intervención del lenguaje, por eso se dice que son producto
de la práctica social. No son entidades no físicas. Existen como
propiedades de ciertas interacciones entre el individuo y su entorno, cuya
sofisticación no está dada por el sujeto (como hablante, preceptor o pensador),
sino por las características multifactoriales de la relación conductual en que
participan tanto el sujeto como el objeto (Kantor, 1982). La cuestión de si el
sujeto desempeña un papel “activo” o “pasivo” dentro del episodio pasa a ser
algo relativo a la perspectiva paramétrica particular que se adopte. Algunas
veces puede requerirse enfatizar situaciones en las que “el comportamiento
determina al ambiente”, y viceversa, todo a condición de no explicar el
segmento total a partir de esas simplificaciones.
Sin duda, la
infraestructura compuesta por los sistemas de producción y distribución de la
riqueza es la matriz de las contingencias que presiden las pautas macroculturales.
Por lo tanto, al observar éstas últimas con el objetivo de cambiar sus bases,
se tendrá que acudir a un análisis científico de las contingencias que las
sostienen, su génesis de desarrollo y
su relación con la infraestructura. Esto es, en palabras de Lenin, el verdadero
“análisis concreto de la situación concreta”: un análisis experimental y
tecnológico del comportamiento social. Recientemente se han postulado los
conceptos de macrocontingencia (Ulman, 1998) y metacontingencia
(S. Glenn, cit. por Andery y Serio, 2003), para designar la múltiple relación
entre las prácticas culturales-intitucionales y las resultantes de su ocurrir,
así como sus interacciones con el actuar de los individuos, donde cada cual
funciona como actor y como creador de ambiente para la acción de otros.
Un examen de
los conceptos referentes a la conducta y las leyes del comportamiento económico
(la utilidad marginal, la oferta y la demanda, etc.), muestra muchas
similitudes entre ellas. Por ejemplo, es claro que los principios de
privación-saciedad del estímulo que afectan los parámetros de respuesta
(fuerza, duración, latencia, magnitud) de un individuo, están involucrados
también con situaciones económicas en que la disponibilidad o cantidad de
trabajo que lleva la producción de algún objeto o evento, determina su valor de
consumo (Staats, 1975/1979). Así, a mayor escasez de un producto necesario, se puede decir que su valor reforzante aumenta, y viceversa.
Esto podría extenderse igualmente a las relaciones de intercambio interindividual,
como lo ha mostrado Homans (1961): no es lo mismo comunicarse con un amigo
entrañable después de tres días que después de tres años. Allí,
la cantidad de tiempo de “privación” afecta la reacción emocional. Incluso las
relaciones de compra-venta se puede decir que funcionan de manera muy parecida
a las relaciones de intercambio puramente social: cuando se señala que todos
“vendemos” nuestra personalidad (aptitudes, empatía, solidaridad, etc.), se
alude sin duda al esfuerzo que las personas hacen por ser reforzantes
para los demás, y así poder ser reforzados a su vez. Todo con miras a
maximizar el placer y minimizar el castigo.
Engels
(1876/1983) hizo un estudio de las leyes biosociales que influyeron en el paso
“del mono al hombre”, recalcando la interrelación de factores laborales y
lingüísticos. Esto tampoco está en contradicción con una visión conductista, ya
que el plano de las relaciones sociales está dentro del sistema de prácticas
interindividuales que imponen a la reactividad humana su sello convencional: el
trabajo y el lenguaje. Ellos imprimen a tales interacciones propiedades y
dependencias intrínsecas funcionalmente autónomas de la biología y del entorno
inmediato. El trabajo le da un realce vinculatorio a los objetos creados o transformados
como objetos de uso (redes sociales de producción y consumo), y el lenguaje
individualiza dicha relación estableciendo sistemas de “intencionalidad”
(mediante la rotulación de posibilidades), que le permiten al individuo
desligarse de las características físicas del episodio. El lenguaje, como
comportamiento, posibilita el intercambio de objetos y productos subyacente, en
el sentido de relación económica básica, al trabajo como comportamiento
también. Esto incluye las formas complejas en que se intercambia la fuerza de
trabajo por una porción del valor del producto producido (Ribes, 1985), marco
en el que se halla, probablemente, lo que Seve (1969/1972, p. 143) llama
“conexión de esencia primordial” entre la psicología y el materialismo
histórico. En efecto, el estudio de la práctica social individual sin
aislarla, “genética ni contextualmente, del sistema de relaciones sociales en
que se dan”, y sin caer en la reducción organocéntrica y mentalista de las
teorías tradicionales, es un paso importante para convertir a la psicología en
una verdadera “ciencia de lo psicológico”.
Al decir de
Blanck (1989), dos motivos fundamentales llevaron a la concepción materialista
dialéctica hacia el rechazo del conductismo: una, la propuesta watsoniana de la
“exclusión” de la consciencia como objeto de investigación, y otra, el
“razonamiento simplista, mecánico y un poco tonto” (p. 96) de que dicha
corriente es el producto ideológico reaccionario de la cultura norteamericana.
Pues bien, no
deben ser obstáculo las disquisiciones idealistas sobre la “consciencia”, dado
que ésta no es otra cosa que un campo interconductual plasmado por prácticas
convencionales lingüísticas en relación con eventos, objetos u otros individuos
(el “ser social”). No pueden caber dudas sobre ello si se examina rigurosamente
el análisis de Marx y Engels (1848/1965) sobre el “ser consciente” y su
conexión con el lenguaje (pp. 26-31): el ser de los hombres es su vida real (o
sea su interacción con el entorno) y se expresa, como consciencia real,
en el apremio del intercambio con los demás hombres y con la naturaleza en el
producto social llamado lenguaje. La consciencia, entonces, no es algo
abstracto. Es, en cuanto tal, saber (Marx, 1844/1974). Por eso se
estructura en torno a un proceso de aprendizaje. Aprendemos a ser
conscientes (y humanos) en el transcurso de nuestra historia interactiva,
de ahí que para estudiar y modificar este fenómeno se requiere basar los
procedimientos en ciertas leyes, las leyes del aprendizaje en sus múltiples combinaciones.
En cuanto al
asunto del conductismo como “producto imperialista”, las características
negativas de la sociedad capitalista, sobre todo en los países
subdesarrollados, son harto conocidas por los analistas conductuales: la
división de clases, la injusta distribución de la riqueza, la caótica
disposición de las relaciones productivas, la impronta de ideologías
precientíficas en la educación y en la vida cotidiana, la carencia de servicios
y de infraestructura frente al elevado índice de población, los intereses
subalternos de las clases gobernantes, etc. No es que Skinner (1971/1982), haya
ignorado, por ejemplo, la existencia de la lucha de clases, pues la connotó
como “un modo rudo [es decir, no técnico] de representar la forma en que los
hombres se controlan unos a otros” (p. 238). Lo que pasa es que los científicos
y tecnólogos ansiosos de solucionar problemas no van a estar repitiendo
discursos político-ideológicos sin mayor correlato práctico. Como él mismo
dice: “La Utopía que simplemente describe una mejor forma de vida sin
indicaciones de cómo se va a lograr no sirve” (Skinner, 1982).
En este
sentido, más allá de la retórica trillada de críticas y propuestas utópicas que
acostumbran hacer los sectores autodenominados “progresistas” y antiimperialistas”,
el análisis conductual ha definido dos vías prácticas para el cambio social.
Una se podría llamar “remedial” y otra “estructural”.
La vía
“remedial” se vale del enorme desarrollo tecnológico de la ciencia del
comportamiento para aliviar los males señalados promoviendo estilos de vida
saludables y competentes, programas comunitarios de habilidades de
comunicación, negociación, solución de conflictos interpersonales,
comportamiento cooperativo, de moral convencional y postconvencional, autocontrol
y afrontamiento racional, etc. Por otro lado, el propósito de la vía
“estructural” es el cambio
sociocultural de raíz, inspirado en el diseño de comunidades hecho a manera de
experimento piloto, con una población pequeña donde la propiedad sea colectiva,
no haya líderes conspicuos ni una clase dominante, ni tampoco embarazo en
aceptar ajustes tal y como se hace en una investigación. Los principios
aplicados serían los del refuerzo positivo, con mínimo castigo y sin uso del
temor (Skinner, 1982). De hecho, la comunidad experimental, inicialmente
ficticia, ha dado lugar ya a varios experimentos sociales reales (por ejemplo
la comunidad Los Horcones, de México). Se pueden hacer muchas críticas a
esta propuesta, incluyendo la de que es un producto “imperialista y
reaccionario”, pero lo cierto es que, al revés de las caóticas alternativas
“revolucionarias” y del fracaso del “socialismo real” , aún se mantiene en pie
y cuenta con la tecnología necesaria.
Una objeción
común a cualquier intervención social conductista es su “inadecuación a nivel
humano”, pues ¿cómo principios obtenidos a través de la “experimentación con
ratas y palomas” podrían servir a este noble fin? Dejando de lado que quienes
dicen esto desconocen absolutamente las características de continuidad
filogenética entre las especies, las leyes del aprendizaje, y la inmensa
cantidad de investigaciones conductuales educativas y social-comunitarias en
las cuales se han confirmado muchos de esos principios básicos, supongamos sólo
por un momento que tienen razón, y respondamos que, aún así, los principios
funcionan. Así lo admite un terapeuta cubano en la propia Cuba:
Reconocemos al sistema de ficha o de bonos, en nuestra simpática y eficaz premiación anual a los mejores trabajadores, que ajustan su conducta laboral, ciudadana y revolucionaria de modo a merecer los bonos o banderines mensuales que va acumulando para poder sentarse en la tribuna junto a Fidel o para tener prioridad en un viaje turístico... También reconocemos a la reestructuración cognitiva que modificó juicios de valor en un ciudadano indiferente o contrario a la Revolución que, modelando, imitando o ensayando la actividad social y reforzándose con la apreciación colectiva, llegó a la conducta meta de adecuación social. (Sorin, 1982; p. 364)
Sin comentarios.
Sin pretensiones de agotar el tema, he
tratado de confrontar la esencia de lo que dicen textualmente los clásicos
marxistas con las formulaciones teórica y empírica de la ciencia del
comportamiento, por encima de la aparente separación de los discursos
científico (de la teoría conductual) y cosmológico-dialéctico (de la teoría
marxista). Como señala Freixa i Baqué (1985), en la época de Marx y Engels no
existía la psicología experimental positiva, y por lo tanto éstos carecían de
una referencia terminológica y conceptual suficiente para plasmar ideas más
claras acerca de los fenómenos psicológicos desde un punto de vista
materialista. Utilizaban el vocabulario filosófico y coloquial que tenían a
mano para hacer entender que el protagonismo estaba en la realidad ambiental (o
en el cerebro como producto de ésta) y no en la mente, pero sin llegar a
precisar dicho aserto tal como se debía.
La articulación entre marxismo y
conductismo debería ser útil para ambos enfoques. Mientras que el marxismo se
beneficia con las herramientas empíricas de la metodología conductual y con la
traducción de sus supuestos teóricos a un lenguaje técnico propio de la ciencia
especializada; la teoría y la práctica conductuales se enriquecen con las
nociones dialécticas y macroestructurales marxistas (Ulman, 1995). Haciendo un
esfuerzo de síntesis, independientemente de sus distintos focos de atención, se
podrían identificar hasta siete puntos principales de amplia convergencia o
complementariedad académica entre marxismo y conductismo, con la salvedad de
que también se podría mencionar cierto número de diferencias. Ellos:
1.
Se guían
por una filosofía de la praxis específica que compete a sus objetos de estudio
(“análisis concreto de la situación concreta”), con pragmatismo y utilitarismo
(“la práctica es el criterio de verdad”).
2.
Tienen una
visión determinista de los fenómenos, basando sus análisis en principios
legales que combinan unidades molares y moleculares (respuestas, desempeños y
“macrocontingencias culturales”).
3.
Son
materialistas y antidualistas. Lo “ideal” (lo cognitivo) está subordinado a las
interacciones materiales (los contactos organismo-ambiente). Consideran la
consciencia humana (sistema de valores, autoconcepto, autorregulación, etc.)
como un producto histórico-social.
4.
Son
contextualistas sistémicos (“dialécticos”). Conciben la realidad como un todo
dinámico, compuesto de intercambios recíprocos entre las partes, subordinando
los elementos a las relaciones que los engloban (teorías de multinivel
acumulativo-jerárquico-evolutivo).
5.
Simpatizan
con el seleccionismo evolutivo, considerando lo presente como producto de sus
interacciones formadoras. La conducta humana y las formaciones sociales operan
análogamente a las formas de adaptación evolutiva de las especies.
6.
Consideran
que el conocimiento real del mundo y sus fenómenos se puede lograr a través de
sucesivos contactos con los eventos y su transformación (“el pudín se prueba
comiéndolo”).
7.
Proponen el
cambio social por medios científicos, basados en la comprensión de las leyes
que lo gobiernan tanto a nivel estructural como interindividual.
Creo que ninguna de las tendencias
psicológicas que se han reclamado marxistas hasta hoy llegan a ser realmente
consecuentes con estos puntos. La mayoría caen en lo que Engels (1894/1981)
describía como “viejo amable método ideológico... apriorístico, y que consiste
en no registrar las propiedades de un objeto estudiando el objeto, sino en
deducirlas demostrativamente a partir del concepto del objeto” (p 85). Así, al
tener poco contacto con el “objeto” (que en este caso es el comportamiento
concreto), sino a través de sus reificaciones conceptuales mentalistas (el
“reflejo psíquico”), hay como resultante demasiado verbalismo y poca praxis.
Es natural que por esa vía retórico-especulativa, y por sus prejuicios
geopolíticos, los psicólogos “marxista-dialécticos” hallan llegado a congeniar
mucho más con las corrientes idealistas de la psicología que con el
conductismo.
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