disPerSión
Revista electrónica del Instituto Psicología y
Desarrollo
Año I, Número 3, diciembre de 2004. ISSN 1811-847X
Disponible en formato pdf aquí
HITLER: MITOS Y VERDADES ACERCA DE LA
PSICOLOGÍA DE UNA FIGURA HISTÓRICA
William Montgomery
Urday [1]
RESUMEN: Sesenta años después de su desaparición
física, la figura de Adolf Hitler está
constantemente bajo la mirada general. Sobre la vida y eventos vinculados al
déspota germano se han escrito miles de libros, se han hecho cientos de
documentales y a su personaje se le ha llevado al cine y a la televisión muchas
veces, la mayoría en fugaces apariciones y en plan peyorativo; haciendo
circular múltiples imprecisiones sobre él.
PALABRAS CLAVE: Hitler, psicohistoria, perfil
psicológico.
No avives tanto la hoguera contra tu enemigo,
que puedes chamuscarte a ti mismo.
Shakespeare
Sesenta años después de su
desaparición física, la figura de Adolf Hitler —que un escritor norteamericano
poco sospechoso de simpatías nazis (Robert Waite, citado en Bene [1983], nota del editor) predeciría
como la de mayor impacto histórico después de la de Jesucristo— está
constantemente bajo la mirada general. Sobre la vida y eventos vinculados al
déspota germano se han escrito miles de libros —de hecho, como se declara en
una reciente obra acerca del tema (Lukacs, 2004/1997), Hitler es quien más
libros ha inspirado en el siglo XX—, se han hecho cientos de documentales y a
su personaje se le ha llevado al cine y a la televisión muchas veces, la
mayoría en fugaces apariciones y en plan peyorativo; haciendo circular
múltiples imprecisiones sobre él.
Para el psiquiatra español
Vallejo-Nágera (1980), los estereotipos hitlerianos que circulan son los que
construyeron sus enemigos y vencedores, quienes al amparo del repudio legítimo
por el genocidio judío no le perdonaron nada de lo que hizo o dejó de hacer. A
este tipo que inventó el Volkswagen, la blitzkrieg y las
terroríficas sirenas de los Stukas le negaron hasta el mínimo resquicio
de razón: según ellos el hombre debía estar totalmente loco y desquiciado, o
poseído por algún númen diabólico. Era incapaz de tener sentimientos y siquiera
de comportarse amablemente. Aquellos que lo siguieron eran estúpidos o estaban
hipnotizados. Era además un caudillo inepto: sus éxitos se debieron a errores o
descuidos de sus adversarios. Los Generales ganaban las batallas por él,
mientras que las derrotas fueron todas responsabilidad suya. Sus arranques
enérgicos o de furia liderezca eran “arrebatos histéricos”. Cuando levantaba la
voz no gritaba, sino “aullaba”. Ciertos autores, basándose en el testimonio de
renegados nazis como Rauschning (1940/1940) y de amigos de juventud de Hitler
(Kubisek, 1955/1954), hablan de su “mirada fija y sin vida” o “alucinada”,
cuando algo que particularmente se destacó en su tiempo entre sus fieles fue la
llamada “mirada de águila”, que se nota en la mayoría de las imágenes
conservadas como reconcentrada y analítica. Su físico, bastante dentro del
promedio del hombre del pueblo por cierto, fue satirizado al punto de
connotarlo con frecuencia como el de un “hombrecillo insignificante” y hasta
“repugnante”. (Recuerdo que un amigo mío influido por tales leyendas me dijo
creer que Hitler era un enano, y se sorprendió mucho cuando le revelé que medía
1.73 mts.; talla mayor que las de Napoleón, Mussolini o Stalin entre otros)[2].
Aquel individuo tan repugnante,
bizarro e inepto según sus críticos logró extrañamente, sin embargo, sobrepujar
algunas de las mayores hazañas políticas y militares de la historia. Hitler, al
margen de sus nefandos crímenes contra la humanidad, pertenece a ese exclusivo
club (nada inocente, por cierto) de “conquistadores del mundo” —Alejandro,
César, Napoleón, entre los más grandes—, del cual hasta hoy es el último
representante, como lo reconocen sus dos principales biógrafos (Shirer,
1983/1959, Bullock, 1962/1952). Para los analistas sesgados de su trayectoria
que le niegan la menor virtud, tal hecho es tan misterioso como el
“inexplicable” amor que el Führer le tuvo a su sobrina Geli Raubal
(“¿cómo pudo ese sujeto haber amado a alguien?”), o el que Eva Braun sentía por
él mismo (“¿cómo pudo alguien amar a Hitler?”). Todo eso revela, a los ojos del
especialista imparcial, una concepción maniquea, ingenua (o quizá
convenenciosa) de hombres inteligentes pero prejuiciados acerca de la
psicología humana —especialmente de la de un individuo al que no aprueban—, y a
pesar de ello pervive como verdad profunda.
El reciente estreno de dos
películas poco difundidas aunque de buena calidad, una hecha para el cine (“Max”,
2002) y otra para la televisión (“Hitler. El reinado del mal”, 2003,
premiada con un Emmy), que se salen de las pautas preestablecidas
respecto al común de creencias sobre su personalidad[3], remueve el tema y provoca
reflexiones encontradas. En el caso específico de Max, una producción en
la cual se abordan ciertos aspectos humanos del personaje, su estreno en
Japón (2004) y el uso promocional de
una acuarela hecha por el caudillo germano en su juventud produjeron reacciones
por parte de diversos grupos vinculados a los derechos humanos, logrando
amedrentar y aminorar el afán de los organizadores por promover la película y
mantenerla en cartelera (esto recuerda en menor escala el absurdo revuelo
mundial por La Ultima Tentación de Cristo). Lo extraño del asunto es que
la principal causa esgrimida por quienes protestaron es que Max
constituye un intento de “humanización” de Hitler, lo que de pasar
desapercibido “sería un estímulo para los grupos pronazis y una consiguiente desensibilización del
ciudadano promedio frente al holocausto”. ¡Prohibido, entonces, el pensamiento
y el arte independientes porque, según la paranoia de los autoproclamados guardianes
de la conciencia humana, tales ejercicios sirven a fines odiosos o
sentimentalmente ingratos y hacen eco entre un público muy crédulo!
Vallejo-Nágera (1980) describe
bien el carácter pacato y tonto de la actitud exageradamente antinazi después
de más de medio siglo de transcurridos los acontecimientos, indicando que dicha
perspectiva confunde la atracción y curiosidad histórica o psicológica que se
pueda sentir por una figura extraordinaria como la de Hitler y por un tiempo
como el del Tercer Reich, con la identificación ideológica hacia su
régimen, y peor aun, con la convalidación moral de sus hechos (a pesar de todo,
como dice Ian Kershaw [2003], la fascinación y la repulsión no son conceptos
tan incompatibles). Puede que semejante afán de censura filomedieval tenga
explicación en el trauma sufrido a raíz de los horrores nazis, pero ningún
fundamentalismo es bueno, ni aun aquel que pretende acogerse bajo la égida de
la justicia.
Basado en estos argumentos
pretendo ocuparme imparcialmente de este tema, dada la importancia que tiene
para el quehacer psicológico. Lejos de mí el deseo de “rehabilitar” a Hitler,
ni menos de negar o minimizar la gravedad del holocausto en la línea, por
ejemplo, de Irving (1988/1977); lo que busco es simplemente establecer
criterios de mayor objetividad en el análisis del caso, aceptando que, después
de todo, Adolf Hitler era un ser humano con defectos, virtudes y
debilidades como cualquier otro individuo, o déspota, de la historia. El
conflictivo ambiente en que vivió y la magnitud de los acontecimientos que lo
rodearon lo hace muy especial, pues quizá ningún personaje ni tiempo históricos
ofrecen tal cantidad de material para el análisis que los mencionados aquí,
donde el fanatismo, la genialidad y la criminalidad se dan la mano en tan
estrecha coyunda puesta al servicio de la dominación psicotecnológica de una
inmensa masa de individuos.
Aquí se ventilarán sólo tres
aspectos medulares en la visión que se tiene de Hitler, procurando revisarlos
con una mirada objetiva: 1) el ángulo psico(pato)lógico de su personalidad, 2)
su conducta sexual, 3) su aparente relación con el ocultismo.
EL ÁNGULO PSICO(PATO)LÓGICO
A Hitler se le ha procurado
analizar desde diversos ángulos, pero aquí interesa particularmente el
psicológico. Entre los psicólogos profesionales que se han dado el trabajo de
sugerir interpretaciones sobre el caudillo austroalemán sobresalen Fromm
(1985/1941) y Erikson (1948). Cada uno de ellos, en su indagación
psicoanalítica, realizó un profundo estudio de la obra semi-autobiográfica de
Hitler: Mi Lucha, basándose en aquella para sacar buena parte de sus
conclusiones.
Erich Fromm especula en el
Capítulo VI de su obra El Miedo a la Libertad (“Psicología del Nazismo”) sobre la hipótesis del sadomasoquismo
como distintivo general de la personalidad del líder teutón y de sus
principales seguidores. Hitler, afirma Fromm, odiaba a los débiles y amaba a
los fuertes, y gozaba con el éxtasis de sentirse inmerso en una gran
colectividad de autosacrificio y a la vez sojuzgarla. Esa tendencia signó, sin
duda, su conducta personal y todo el carácter de su régimen político.
Erik Erikson, por su parte,
hace un estudio que denomina psicohistórico acerca de la evolución personal
llena de tensiones y conflictos y un ambiente especial que hicieron de Hitler un
fanático racista y autoritario. En tal sentido analiza con largueza tanto las
experiencias de la niñez hitleriana como las costumbres nacionales germánicas.
Las características de la crianza de la niñez alemana de aquellos tiempos le
dan a Erikson la clave para entender cómo es que el ambiente familiar y
cultural de fines del siglo XIX y principios del XX producía adolescentes con
un desviado espíritu revolucionario, orientándolo hacia la suplantación de la
autoridad paterna por un culto místico-romántico: el del exagerado
nacionalismo. Por otro lado, el aspecto antijudaico lo atribuye a la envidia
que —en aquellos tiempos de crisis agobiante—, inclinaba a los oprimidos
alemanes arios a buscar “chivos expiatorios” de su situación en ciertos
representantes de la clase capitalista.
Debo añadir que, a pesar de que
en los años cuarenta en los círculos académicos y literarios eran muchas las
tentaciones para endilgar marbetes psiquiátricos al Führer, ni Fromm ni
Erikson cayeron en tal simplicidad. Por el contrario, los numerosos apuntes
acerca de la psicología hitleriana hechos por muchos de sus historiadores y
comentaristas (quienes carecen, como es natural, del talento especializado),
suelen pecar de facilistas en sus calificativos acerca del estado patológico de
Hitler. El periodista americano John Gunther (1939/?), por ejemplo, parte del
punto de vista de que “todos los dictadores son anormales; se trata de un hecho
axiomático... la mayoría de los dictadores son profundamente neuróticos” (p
34). Incluso Vallejo-Nágera (1989), un defensor de juicios más moderados al
respecto, cae en ese tipo de aseveraciones ingenuas calificando, sin más, de
“loco” a Hitler.
La complejidad del asunto es
mucho mayor, tal como lo nota el historiador alemán P. E. Schramm (1965/1963):
Nunca se agota la cuenta si se trata de captar al hombre Hitler: su
contacto con los niños y con los perros, su alegría ante las flores y las cosas
cultivadas, su admiración por las mujeres hermosas, sus relaciones con la
música... eran cosas auténticas; pero también era auténtica la tenacidad
despiadada, implacable... con la que saltándose todas las consideraciones
morales, aniquilaba a los adversarios de su poderío... Hitler, al variar guiado
por la razón, por el humor y el oscuro impulso, era más enigmático de lo que lo
haya sido ningún hombre en toda la historia alemana. (p. 48)
En la obra Carisma,
Charles Lindholm (1992/1990) también dedica extensos comentarios psicológicos
al fenómeno nazi y al carácter de su líder, expresando la dificultad de explicarlo
mediante simplificaciones. Dice, entre otras cosas lo siguiente:
Hitler era una figura proteica, febril y difícil de aprehender en quien
apenas se disimulaban las contradicciones: aprobó legislaciones para asegurar
la muerte indolora de las langostas de mar y era tierno con los niños y los
animales, pero podía ser inhumanamente cruel o enfurecerse aterradoramente; su
letargo alternaba con períodos de inmensa hiperactividad: era un aspirante a
artista cuyos sueños de creación contrastaban con sus fantasías de
aniquilación; un pragmático presa de ilusiones antojadizas; un soldado valeroso
petrificado por sofocantes temores; un compañero encantador o absolutamente
brutal; un hombre austero con hábitos libertinos. (p. 147)
Todo ello, según Lindholm,
llevaría a la conclusión de que se trata de una personalidad psicótica en el
sentido psicoanalítico, si no fuera porque Hitler encontró en el servicio
militar, en el nacionalismo y en el sentimiento de su propio destino
providencial, la forma de controlar esos impulsos en público y conservar la
coherencia, llegando únicamente a un estado limítrofe. Pronto aprendió también
a usar su talento oratorio de manera catártica y a “echar sus demonios internos
hacia fuera”, contagiando de frenesí al público asistente a sus multitudinarios
mítines.
La singular exaltación que
Hitler manifestaba en sus discursos es, aun ahora a través de la visión de
documentales que lo reviven, fuente de asombro: por un lado se le considera una
especie de “poseso” y “maníaco”, y por otro lado un “maestro”, incluso un
“genio”, de la comunicación de masas. Pero, debido al estigma de locura que
carga la figura del líder nazi, es mayor el impacto de las primeras
calificaciones. Poco importa recordar que, en la época de la Europa de pre-guerras,
el estilo oratorio de corte ampuloso y teatral era común entre los políticos y
revolucionarios. Sin ir muy lejos, en su tiempo Mikjail Bakunin lo practicaba
casi con la misma pasión y vivacidad que el Führer, sin que a nadie se
le ocurriera decir que estaba loco por ello.
A propósito de esto último,
algo que ha contribuido a cimentar la idea de un Hitler desquiciado antes de
1942[4] es el abundante conjunto de
relatos que describen episodios de rabia incontenible en los cuales el líder
nazi echaba “espumarajos”, “se le hinchaban las venas del cuello”, “golpeaba
las paredes”, etc. (cosa que, por lo demás, recuerda a cualquier sargento
instructor de reclutas en el ejército). Al respecto, Bullock (1962/1952) señala
que muchos de esos estallidos de cólera eran hábiles mascaradas, recursos
calculados para hacer capitular a sus interlocutores molestos. Parecida
estrategia era la usada por Napoleón ¾no tan estridente porque vivió
en una época de trato mucho más ceremonioso¾, según se puede ver en la
biografía que de él escribe Emil Ludwig.
Lo cierto es que, contra la
opinión general[5], Hitler no limitaba su
capacidad sugestiva a sus apariciones como tribuno. En realidad era un
manipulador psicológico a tiempo completo de todos cuantos se cruzaran con él,
sin importar su rango social o militar (véase Picker, 1965/?). Así lo pinta el
talentoso arquitecto del Reich, Albert Speer (1976/1975), quien
compartió largos períodos de trabajo con el líder alemán:
El no manipuló tan sólo el instrumento de las masas populares; fue
también un psicólogo magistral frente al individuo. Adivinó los más secretos
temores y esperanzas de cada interlocutor... [fue] un psicólogo como jamás me
fuera dado conocer otro, y lo sigue siendo. Me imagino que, algún día, los
historiadores lo considerarán únicamente grande en esa medida. (p. 190)
Evidentemente un “enfermo
mental”, incapaz de pensar racionalmente según muchos quieren presentarlo, no
tendría la frialdad y el autocontrol suficientes como para provocar con sus acciones
semejantes comentarios. Hitler era claramente un psicópata en el sentido lato
del término, que involucra tendencias obsesivas, histriónicas, narcisistas y
hasta paranoides, pero no era un esquizofrénico. Hace varios años el psiquiatra
y criminólogo alemán Wolfgang de Boor hizo un minucioso estudio-peritaje post-mortem,
en el cual concluyó que “se deben excluir en Hitler tanto trastornos psíquicos
patológicos como locura o profundas perturbaciones mentales en el sentido que
marca la ley” (véase la noticia del diario El Comercio de Lima-Perú, del
07/04/86; p. 19).
LA SEXUALIDAD DE HITLER
La inquina hacia el recuerdo
del Führer nazi es tal que en algunos documentales biográficos modernos
(como por ejemplo el emitido hace algunos años por Mundo Olé) se
presentan escenas que, puestas en cámara lenta y en retroceso, parecen mostrar
gestos feminoides del Dictador, tratando de sembrar la idea de homosexualidad
(lo cual, desde luego, no tendría nada de malo si fuera verdad). Recientemente,
un libro sensacionalista de Lothar Matchtan (2004/2004) —rápidamente traducido
al español, lo que denota el morbo que despierta este tema— vuelve a traer a colación el asunto de la
supuesta identidad secreta “gay” de Hitler. Parece que las mismas personas que
abominan al nazismo por su discriminación racial utilizan la discriminación
homofóbica para añadir supuestos baldones a su imagen.
Por ejemplo ya Rauschning
(1940/1940), en Hitler me Dijo, que es el testimonio de un
ex-funcionario nacionalsocialista ¾entonces ya emigrado¾, hacía algunas alusiones
malintencionadas al respecto de la sexualidad hitleriana. Las siguientes citas
del libro de este hombre que, por propia confesión, no se atrevía a chistar
cuando estaba ante la presencia de su Führer, son sólo pequeñas muestras,
aclarando que las palabras en cursiva son señaladas por mí:
... Goering tuvo siempre una actitud opuesta a la de Hitler, y... en el
círculo de sus amigos íntimos, no tenía empacho en expresar groseramente su
opinión sobre el “loco afeminado”.
(p. 78)
Su boca arrojaba espuma; jadeaba como una mujer histérica y
eructaba exclamaciones entrecortadas... (p. 82)
Fue la merienda tradicional de las familias alemanas. Hitler hacía
de dueña de casa. Sosegado el espíritu, casi amable. (p. 84)
Recuerdo una frase de Forster, el amigo íntimo de Hitler. “Bubi”
Forster, el niño terrible entre los gauleiters: “Ah, si tan siquiera Hitler pudiera
saber cuan agradable es tener entre los brazos a una joven en flor... Ese
pobre Hitler”... Me guardé de hacerle ninguna pregunta. (p. 223)
Pero Rauschning no calculaba
varias cosas que podrían mellar la credibilidad de sus “confidencias”: 1) no
hay otro registro alguno de que Goering se expresara así de Hitler en privado;
2) el histerismo puede ser común a hombres y a mujeres por igual, así que
calificarlo de “mujer histérica” suena a insulto vulgar tanto a Hitler como a
las mujeres en general, y 3) posteriormente se descubriría que Forster, a quien
atribuye una conducta de mujeriego, era, sí, un auténtico homosexual.
Pese a que sí se sabe que uno
que otro individuo del círculo dirigente nazi era homosexual (especialmente los
jefes de las SA que fueron asesinados en “la noche de los cuchillos largos”),
como por ejemplo Roehm, Heynes y el mismo Forster; realmente no hay la menor
prueba sólida de que el Dictador alemán lo fuera. Es más, durante la dictadura
hitleriana se persiguió a los homosexuales y era notoria la aversión personal
del Führer hacia ellos: en una ocasión, con Hossbach (el autor del
famoso Protocolo Hossbach), Hitler le replicó hablando sobre uno de sus
Generales investigado por el servicio secreto: “Ud. se equivocó. Von Fritsch no
es sólo un ser desviado, sino también un embustero. Claro que todos los
homosexuales son embusteros” (Brissaud, 1975/?, p. 186).
Sin embargo, queda como un
misterio la verdadera conducta sexual del Dictador nazi. Ciertamente se codeó
con muchas mujeres y generaba reacciones histéricas de adoración en gran parte
de las asistentes a sus mítines, mas no se le conoce con certeza romance alguno
en el sentido convencional, excepto, en parte, los tenidos con su sobrina Geli
y con Eva Braun; y ni aun en los mejores momentos de la relación de Hitler con
ésta última hubo demostraciones de afecto íntimo entre ellos en público. Aunque
algunos indicios llevan a considerarlo un sadomasoquista que sometía a sus
amantes a crudas experiencias (Shirer, [1983/1959], al parecer Hitler embebido
en la política nunca se preocupó eróticamente demasiado por las mujeres, al
punto que muchos lo consideraban “neutro” o “asexuado”. Davidson (1981/?),
consigna que durante su juventud el futuro Canciller expresaba su disgusto por
la prostitución cuando pasaba por las zonas rojas de Viena, y Gunther
(1939/?) anota que Hitler veía a las mujeres más como amas de casa o madres,
comportándose con ellas como un caballero dado al besamanos “y nada más”.
Vallejo-Nágera (1980) dice al
respecto lo siguiente:
La vida íntima de Hitler ha dado lugar a muchas elucubraciones. En parte
debido a que Hitler fue siempre extremadamente discreto, en parte porque con su
gran instinto propagandístico comprendió que una aureola de misterio en torno a
su persona era muy conveniente para montar sobre ella las invenciones de la
propaganda y, en parte, porque se veía obligado a ello al tener en verdad “algo
que ocultar”. (pp. 18-19)
Lo que Hitler tenía que
ocultar sólo puede conjeturarse. El informe de la autopsia de Hitler, hecho
por los médicos soviéticos y misteriosamente guardado hasta 1968 (lo que después
de todo suscita sospechas de fraude), indica la ausencia de un testículo,
defecto congénito que no implica disfunciones mayores, pero que a nivel
psicológico puede ser devastador. Los investigadores franceses Charlier y de
Launay (1980/1979) esbozan una posible explicación de la conducta sexual del
líder nazi fundados en ello, anotando que había cierta constancia en la
relación de Hitler primero con mujeres maduras o “amigas maternales” como
Winifred Wagner, y después con mujeres-niñas como Geli Raubal o Eva Braun.
Señalan que:
Si admitimos la existencia de un complejo de origen psíquico o físico,
su preferencia por las mayores, que lo perdonan todo, y después por las
adolescentes, que no saben nada y aceptan las explicaciones de un héroe de la
guerra, puede explicar la adaptación de nuestro hombre. (p. 74)
Otras pistas llevarían a la
hipótesis de una sífilis, posiblemente contraída en la Primera Guerra
Mundial cuando Hitler era soldado.
Según eso, los síntomas mentales y físicos del Dictador durante los últimos
años de su vida (delirios, alucinaciones, temblores, etc.) se deberían a un
estado terciario de esta enfermedad.
De cualquier manera había algo
extraño relacionado con la autoimagen sexual de Hitler. Datos conexos a esto
que confirmarían la existencia de un complejo psicológico son sus dos
hábitos inveterados: por un lado rehusaba absolutamente ser visto en ropa de
baño (o desnudo frente al masajista), y por otro cuando estaba en actitud de
espera acostumbraba tomarse las manos a la altura de la ingle, pose en la cual
aparece en una gran cantidad de fotografías. Lo cómico es que muchos de sus
subalternos lo imitaron, como si se tratara de un gesto eminente. Algo así como
la mano de Bonaparte metida en la solapa.
HITLER Y EL OCULTISMO
Algunos (Ribadeau, 1980/1975);
Pennick, 1984/1981) consideran que la conducta de los fanáticos líderes nazis
sólo tiene explicación en el marco de una cosmovisión ocultista. Basándose en
fragmentarios indicios cuyo origen está en la cercanía que algunos de sus más
cercanos colaboradores (Hess, Himmler) tuvieron con las llamadas “ciencias
ocultas”, los partidarios de esta postura sostienen que el intento
revolucionario de Hitler y sus asociados habría sido esencialmente mágico: la
creación de una raza de superhombres con poderes psíquicos, capaces de dominar
el universo y alcanzar la inmortalidad. Ello requería primero hacer una
limpieza de lo “subhumano”, empezando por judíos y gitanos.
Desde la perspectiva ocultista,
hay toda una serie de datos que se manejan para demostrar la inclinación de
Hitler por lo esotérico. Se dice, por ejemplo, que de niño le atraía la vida
religiosa, conociendo las cruces gamadas (antiguo emblema de las razas del
norte y símbolo de la luz) en el Monasterio de Lambach. A los doce años se
familiarizó con la música de Wagner y con todo lo que eso significaba como
información sobre los ancestrales mitos germánicos, fascinándole Wotan,
el Dios de la posesión demoníaca. Poco a poco se convirtió en una especie de
“vidente” signado por el destino para “llevar a su pueblo hacia la libertad”, y
pasaba el tiempo en las bibliotecas leyendo libros sobre religiones orientales,
yoga, ocultismo, hipnotismo y astrología. Según Ribadeau (1980/1975), un
librero de Viena que era cultor del espiritismo hizo amistad con Hitler y le
inició en “un ambiente de satanismo y perversión sexual” bajo el signo
esvástico de una secta paramasónica. En ella frecuentó a otros miembros y, a
través de Rudolf Hess llegó a la Sociedad Thule[6], un cenáculo interesado en
cultivar la vieja tradición germánica (incluyendo preservar la pureza de la
sangre), donde también se perfilaban ideas sobre la antigua conexión sagrada
entre la geografía y la política. Allí el futuro Mesías bebió de fuentes
cosmológicas que cimentaron su mística creencia en la supremacía del
germanismo, y en su propio papel como realizador de esa utopía.
En este ensayo sería imposible
dar una relación completa de todas las afirmaciones hechas en esta línea por
los partidarios de una explicación ocultista del fenómeno nazi. Como toda
“teoría de la conspiración” mezcla verdades y mentiras, hechos comprobados e
hipótesis plausibles al lado de rumores absurdos e ideas jaladas de los pelos[7]. Si bien lo esotérico tiene un
lugar dentro del desarrollo general del nazismo y de sus dirigentes, el hecho
es que Hitler era cualquier cosa, menos un ingenuo. Probablemente en algún
momento este Maestro del Engaño supo utilizar a manera de bluff
en su beneficio —como hizo con todo lo que se cruzó por delante: individuos,
acontecimientos, ideas— el “arma de propaganda” ocultista para impresionar a
cierta gente y lograr ciertos objetivos, pero es dudoso que íntimamente se lo
tomara en serio. Muchas veces se refirió con desdén hacia las creencias de su
secretario Hess y en general hacia el ocultismo (véase Bullock, 1962/1952); y
la mejor prueba objetiva de ello son sus propias órdenes en las cuales prohibió
toda conferencia sobre astros, espiritismo, telepatía y clarividencia, así como
todo anuncio de ellas en los diarios. En palabras de Schramm (1965/1963), “las
supersticiones le eran totalmente extrañas” (p. 39). Posteriormente mandaría
arrestar a más de cien astrólogos, mediums y videntes, y suspender la Sociedad
Thule. Eso es lo real.
A MANERA DE CONCLUSIÓN
Aquí se han examinado algunos
de los aspectos más polémicos de la personalidad de Hitler, tratando de hacerlo
con objetividad. Es tanta la carga emotiva que evoca un personaje de esta
naturaleza que quizá desmentir ciertos prejuicios que coadyuvan a deformar su
imagen puede ser juzgado por sus críticos como un solapado apoyo pro-nazi. No
me preocupa esa objeción pues no comulgo con el llamado “revisionismo del
holocausto” ni soy antisionista; pero es de lamentar la hipocresía de quienes,
bajo el pretexto de combatir tendencias totalitarias ajenas, las ejercen a su
vez en contra de otros impidiendo cualquier debate racional sobre lo que se
cree indiscutible.
Lo que es evidente e
incontestable, es que Hitler fue durante la mayor parte de su vida un psicópata
(como también lo fue su colega Stalin, o como lo puede ser hoy en otra
escala y ambiente un Maradona, por ejemplo), empeorado por las
obsesiones de su terrible fanatismo, y que en algún momento de su carrera de
los últimos años las circunstancias extraordinariamente difíciles que lo
rodearon, y la calidad de vida que llevó, hicieron mella en su personalidad
poniéndola en el límite de la cordura. Sin embargo, es exagerado decir que
comenzó a vivir en un mundo de fantasía pura o que se convirtió en un
enajenado. Tenía momentos de tanta lucidez como podía esperarse para un
individuo en su posición y en una situación apocalíptica semejante. El que sus
postreras intuiciones o razonamientos fallaran en la apreciación de los
acontecimientos era muy natural, dado el escaso margen de información segura a
la cual tenía acceso desde el aislado Bunker. Sus decisiones de “tierra
arrasada” o de genocidio planificado no tienen excusa, pero no son fruto de la
demencia, sino de la crueldad trágica típica de cualquier tenebroso verdugo de
la historia. Lo que las hace más impactantes son las dimensiones colosales del
escenario en que se produjeron y el número de víctimas involucradas. En cuanto
a su suicidio y cremación, ésto no fue, como tantas veces se ha asegurado desde
la cómoda posición de un escritorio, un acto de cobardía. Y no fue tampoco una
salida heroica. Fue simplemente lo único que cabía hacer: Hitler, demasiado
conocido y que además estaba muy mal de salud (lo que le impedía fugarse y
convertirse en un “sumergido”), sabía muy bien lo que le esperaba si caía vivo
o muerto en manos de sus tan implacables como innumerables enemigos (recuérdese
el destino de Mussolini), y por ello lo ilógico hubiera sido tratar de resistir
a mano armada o de entregarse.
Como se probó en el Juicio
de Nüremberg (véase Heydecker y Leeb, 1970/1958), los millones de personas
muertas y la serie innumerable de dolores que causó el régimen nazi no deben
achacarse únicamente a su caudillo, como tampoco debe achacarse sólo a Mao la
barbarie de la Revolución Cultural china, ni a Bonaparte el inmenso
coste humano y material de su aventura imperialista. Fue, en realidad, toda una
pandilla de criminales y fanáticos respaldados por la posibilidad del ejercicio
del poder absoluto, sin frenos, la que produjo tanto mal. Y esta pandilla de
agitadores, sicarios y verdugos creció y actuó en relación a una cantidad de
factores ideológicos, étnicos, geográficos, socioeconómicos e idiosincrásicos
operantes a manera de contingencias interdependientes de dimensión gigantesca.
Científicamente, utilizando el
concepto de moldeamiento en la forma utilizada por Skinner (1982/1971, p. 260),
puede decirse que el comportamiento nazi se moldeó en un entorno plagado de
estimulación aversiva y de reforzamiento negativo, lo que, aunado a una
multiplicidad de factores situacionales y personales de Hitler (su nacimiento
fruto de la unión de padres distanciados generacionalmente, la influencia de
alguno de sus profesores y de un ambiente provincial de frontera, su
frustración por no poder seguir la profesión de artista, sus lecturas de
Nietzsche, etc.); y a sucesos fortuitos
diversos, dio por resultado el fenómeno hitleriano. Desde este punto de vista
Hitler, aparte su habilidad genial como cabecilla de la banda, fue el exponente
y el producto más visible, pero no el único, de tan complejas condiciones; y
surgió en base a un liderismo carismático en el sentido en que Tucker
(1976/1970) toma esta expresión de Erikson, es decir rodeado de condiciones
psicohistóricas específicas: todo estaba preparado en la Alemania de entonces
para que estallara el polvorín racista y nacionalista.
Otro tipo de explicación cae
obligatoriamente en providencialismos místicos que lo único que hacen es
obscurecer el verdadero carácter de los acontecimientos, como ha ocurrido por
más de medio siglo. Como dice Kantor (1978/1959), “para reconocer el carácter
inevitablemente conductual de las cosas, su composición y estructura no
necesitan ser revestidos con procesos o funciones psíquicas” (p. 235). La
crítica a quienes han sesgado de esta y otras maneras la historia de Hitler
debe tomarse en consideración.
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[1] Psicólogo y docente
universitario en las asignaturas de Análisis conductual Aplicado y Psicología
de la Personalidad. E-mail: avidolector@yahoo.es
[2] El dato de la estatura se halla en la obra de Ryan (1966/1966, p.
114). Quizá la parodia de Chaplin (en El Gran Dictador), que si era un
hombre pequeño, haya contribuido al mito. Es pertinente, además, recordar que un
prominente político británico, A. Eden (1962/?), que conoció personalmente a
Hitler, lo describía como una persona “de aspecto elegante, casi apuesto,
comedido y amistoso” (p. 87).
[3] Esto no se extiende a su
aspecto físico, reproduciendo los consabidos prejuicios. En Hitler. El
reinado del mal, parece haberse buscado a un actor singularmente pequeño y
delgado (Robert Carlyle) para interpretarlo, a la vez que a los principales
jerarcas nazis que lo rodeaban ¾Roehm, Goering, Strasser,
incluso Goebbels ¾ se les representa como hombres
mucho más altos y corpulentos de lo que eran, como para establecer un violento
contraste con la figura “esmirriada” de su jefe (eso se completa con un juego
de tomas de perspectiva en las cuales casi siempre se visualiza la “pequeñez”
del Führer frente a sus colaboradores o adversarios).
[4] Después de ese año sí se hizo
notorio el deterioro progresivo que tuvieron sus funciones cognitivas, tanto
como las afectivas y motoras.
[5] La idea común es la de que
Hitler entraba en frenética actividad comunicativa ante público numeroso,
“derrumbándose” agotado y tímido ante interlocutores individuales. Eso sólo
ocurría cuando percibía que éstos no le podían ser útiles en ese momento.
[6] Thule, cantado por Wagner era,
según el mito, un Edén nórdico parecido a la Atlántida.
[7] También aquí desempeña un
papel importante Rauschning (1940/1940), frecuentemente citado por los
ocultistas en los pasajes de su obra en que describe supuestos delirios
demoníacos nocturnos de Hitler, que,
dice él informante, “me negaría a creer, de no provenir de fuente tan
fideligna” (p. 218). Lo cierto es que no hay otro testimonio semejante entre
las muchos personas que interactuaron con Hitler en esa época, lo que hace
pensar nuevamente en una superchería dictada por el odio de un renegado nazi.